Aunque nunca sentí tu presencia
te comparo con el amanecer…
un amanecer duradero,
que en el transcurrir del tiempo,
de las horas,
me permitió aprender,
ver la luz que el sol
me brindaba cada mañana,
cada día.
Cuando llegó el atardecer,
llegó también contigo la despedida,
sintiendo que se habían quedado
adheridas enseñanzas
que no volverán…
con el paso del tiempo.
Más no hubo lágrimas en los ojos,
ni alegrías, ni tristezas en el corazón.
Solo quedó lo tenue de la brisa,
lo tenue de las palabras,
lo tenue del contacto mutuo. De cosas que se unen en el amanecer
y que se separan en el atardecer.
Renacer, reverdecer las plantas a mí alrededor.
Se oye el trinar de los pájaros,
qué antes imprescriptibles,
ahora son hermosa melodía.
Aún con la distancia:
Tierra, cielo, mar, viento.
Todo esto se resume en una sola palabra:
"Amor"… amor hacia ti mi Señor Dios.
Qué cómo otras tantas veces,
cómo ahora…
no he tenido la valentía de defenderte,
de ahondarte dentro de mí ser
cómo tú lo has querido.
Qué mi encuentro contigo sea eterno,
que las cosas de la tierra, las materiales,
no me cieguen,
me detengan a quererlas,
anteponerlas, más que a ti.
Deseo que esta permanencia permanezca en mí.
Negarme a mí misma,
ser valiente,
no mirar hacia atrás.
Seguirte en el camino
de la entrega absoluta.
Seguir tus pasos,
como si tú y yo…
formáramos… una misma persona.
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