Amiga: Fijamente te miro a la cara y te hablo con serenidad, paciente, tranquila, quizás como ausente, como perdida después de volver de una turbulencia, asombrada, absorta, por la rapidez que un fuerte huracán se llevo a alguien, a alguien aparentemente mío, que Dios me presto por un tiempo y que vuelve a sus brazos a integrarse en su esencia. Un dolor muy grande, profundo, inexplicable, que no se expresa en llantos, ni gritos, que solo las lágrimas que brotan en silencio pueden comprenderlo porque siempre nos acompañan por dentro. ¡Un hijo! que lo vi crecer, hacerse un hombre, formar una familia. Pero un día, apareció una terrible enfermedad contra la cual lucho y lucho y no logro vencer. Y que el domingo de resurrección que le dio su última estocada, para entrar en una terrible agonía. Un sufrimiento atroz verlo así. ¡Y se fue! 18 de Mayo. El Padre Eterno, el Supremo Creador lo llamó. Hágase su voluntad. Le doy gracias al Dios de mi corazón por su presencia, su compañía, las alegrías, las tristezas, las preocupaciones, las esperanzas, las satisfacciones que este ser querido me proporcionó durante su presencia en este plano y que me hizo crecer y le pido que lo ayude a evolucionar en ese pedacito del espacio superior donde se encuentra.
Amiga: Una mujer al fallecer su esposo se le nombra: "Viuda"; unos hijos al perder su padre, se les nombra: "Huérfanos"; pero una madre al perder un hijo ¿Qué nombre se le da? ¿Qué nombre amiga?. No tiene nombre, porque ese dolor es muy grande para darle nombre. Por eso cuando tu veas a un niño, un adolescente, un adulto, un anciano, no los veas a ellos, no veas sus defectos ni sus virtudes, ¡Ve en cada uno a tus hijos!.
Quiera Dios que ninguna otra madre pase por esta experiencia, porque no tenemos la suficiente fortaleza para entender lo que es esa transición para poder así lograr consuelo.
Amiga, te doy gracias por leer estas líneas.
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