Madrugada insomne qué alumbrada por una tenue luz,
permitieron escribir éstas letras qué quedarán póstumas
de tan hojaldres sentimientos.
Tomaste entre tus manos el borrador del olvido,
me olvidaste, lo sé, no quieres lastimarme,
sin embargo… lo hiciste.
Fuertes vientos tambalearon el alma de la roca
dormida, despertándola entre las sombras,
cuando arropada en el silencio oscuro,
largo de la noche qué la acompañaba
con tú fría imagen, pesaba sobre su espalda.
Tus palabras marchitaron el jardín
qué había florecido alrededor del árbol.
Fuiste rápido al escribirlas, inquietando tus manos,
los pensamientos, no resultaba fácil,
para las fieras de los adentros.
Era necesario ante una situación inimaginable.
Las hojas qué comenzaron a caer cada tarde,
ya no caerán, ni el acordeón volverá
a desplegar sus notas armoniosas.
Ya no estaré, nuevas señales llegarán para visualizar
aquél árbol seco, vacio, qué siempre había sido,
pero que por breves instantes se volvió florecido,
ante la primavera de tú amor.
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