viernes, 23 de marzo de 2012

Heliotropo

Habían transcurridos algunos años desde aquél día en que se olvidó por completo de su hermoso vivero, lleno de flores, orquídeas por donde quiera, que con tanto sacrificio había construido a sus solas expensas. Recordaba con tanto cariño a Carmen, su íntima, su confidente, aquella quien le había traído del Perú una linda planta de heliotropo de bellas hojas color verde oscuro, que nunca había podido olvidar, sobre todo por el eritema que le había producido en la piel. Ahora se encontraba por las calles como un sonámbulo, sin saber a dónde ir, a quien acudir para que le tendiera una mano y salir de ese traspié que sin darse cuenta había cometido en el pasado. Un pequeño mareo lo hizo detener sus pasos, colocándose de espaldas a la pared de una hermosa casa pintada de rosado, se sujetó como pudo de las rejas en un primer momento en que su visión se oscurecía, para luego ir lentamente deslizándose hasta caer al pavimento. 
Al despertar, se encontró en una gran habitación, encima de una cama de sábanas rosadas como las pomarrosas o peritas como le gustaba llamar a esa fruta tan sabrosa. Un rechinar de bisagras lo hizo mirar hacia la puerta, apareciendo ante él, su adorada Carmen, quien le sonreía ampliamente trayendo en sus manos una bandeja de plata pulida con una humeante taza de té que por su aroma inconfundible sabía que era de manzanilla, su preferido. Inmediatamente comenzaron a conversar, a reír juntos. Ella le contó como su esposo la había abandonado, dejándole la casa, una buena pensión; luego de algún tiempo, le había hecho llegar por correo la sentencia de divorcio, sin dar ninguna explicación. Ahora eran libres para comenzar una vida juntos, sin sombras del pasado que los pudiera venir a perturbar, el amor, se había rencontrado, para hacerlos inmensamente… felices.

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