Cómo un fuerte relámpago le llegó la imagen qué desde su juventud, había sido difícil evocar de nuevo. Era blanco, alto, cejas pobladas, cabellos negros ensortijados, ojos grandes y profundos, nariz perfilada, labios delgados, orejas grandes que le hacían pensar en elefantes color rosa haciéndola sonreír cada vez que lo observaba desde la distancia; siempre vestido con camisa y pantalón de lino, zapatos, medias, cinturón, sombrero todo blanco, se veía tan elegante, tan fino.
Si, sintió amor por aquél desconocido, cuyo recuerdo se presentaba en el ahora en que su mente se encontraba poseída por una extraña enfermedad que la mantenía atrapada en el olvido.
Su madre solía enviarla a comprar los víveres en el abasto qué quedaba justo en la esquina, sin necesidad de cruzar la calle, se iba derechito por la acera, allí lo conoció, con apenas siete años y él veinte; le regalaba caramelos, diciéndole lo bonita que era.
Fueron pasando los años, no volvió a verlo; hasta qué un día comenzó a trabajar de secretaria en el Hospital Antituberculoso de la ciudad, recién había cumplido los diecisiete. Al día siguiente, la mandaron a llamar de la Oficina del Administrador, tocó la puerta, una voz fuerte, grave, la mandó a pasar adelante, giro el pomo, al verlo, todo su cuerpo se estremeció en su totalidad, era él, él mismo hombre de quién se había enamorado para aquel entonces ¿Destino? ¿Casualidad? A quien le importaba. Al verla, sin saber quién era ella, la comenzó a cortejar, con el pasar de los días se fueron haciendo muy amigos, llenándola de regalos, atenciones, hasta el día en qué se entregó de cuerpo y alma sin vacilaciones, a conciencia, a plenitud, sin arrepentimientos, viviendo juntos, formando una familia por más de treinta y cinco años.
Hoy con nostalgia cariñosa, ha podido revivir esos momentos que volverán al espacio en blanco, cómo en una hoja de papel… sin nada escrito en ella.
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