En la distancia se visualizaba la crestería de cerros, claramente, con los dieciséis molinos de viento que la conformaban, cerca del Castillo que lo llevaría a descubrir lo que desde hace tiempo sospechaba, sin dejarlo casi dormir, trastocando sus pensamientos.
Estaba soplando muy fuerte el viento, haciendo que todo se moviera al mismo tiempo; cerraba los ojos para escuchar los sonidos, respirar profundamente el aire puro que entraba en sus pulmones, sin contaminante alguno.
Habían construido una acequia para el riego de la siembra del lugar. Una barca pequeña, bien elaborada, pintada con figuras, imágenes de colores brillantes, los cuales no conocía. Tal vez realizados por niños traviesos como cuando él era pequeño.
Por fin llegó, todo a su alrededor bello, pulcro, fascinante, admirable, la arquitectura impresionante. Una caña de bambú atravesaba una de las grandes puertas de madera tallada en señal de que no se podía entrar. No resistió la tentación, se acercó, con mucho esfuerzo, pero con cuidado la quitó. Al abrirla, un altar de sacrificios recién utilizado por las huellas húmedas observadas de color rojo intenso; otras, coaguladas. Sus suposiciones confirmadas al abrir uno que otro baúl que allí se encontraba, cuerpos mutilados, que debió cerrar casi que inmediatamente por el fuerte mal olor que expedían. ¿A quienes pertenecían? ¿Quién pudo haber cometido semejante atrocidad? Tal vez las autoridades competentes algún día obtendrían las respuestas que ahora desconocía por completo y que lo hacían alejarse con más preguntas que antes.
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