Eran pasadas las seis de la tarde, pronto anochecería, cuando recordó que debía buscar una constancia de notas de sus últimos exámenes en la planta superior del lugar donde estudiaba leyes; así que en vez de subir por las escaleras como era su costumbre, decidió montarse en el ascensor, que se encontraba completamente solo – quedaba muy poca gente en el recinto estudiantil. Una vez dentro, cerradas sus puertas, éste comenzó a ascender, cuando ¡De repente! Sintió como se detenía violentamente, tambaleándose, casi, haciéndola caer. Se había ido la luz.
Se encontraba sola, completamente sola, encerrada, comenzó a gritar muy fuerte pidiendo auxilio: - ¡Ayúdenme! ¡ Sáquenme de aquí! decía - en su desespero, siendo presa de un terror continuo, golpeaba las puertas con los puños cerrados hasta quedar enrojecidos, sangrando.
Pero nadie podía oírla, todos se habían ido. Trato de tranquilizarse, pensando, si, pensando en las muchas veces que había leído alguna que otra recomendación ante un caso parecido. Lo primero era mantener la calma, mucha calma. Respirar profundamente. Cuidar el oxígeno que la mantendría viva, tal vez hasta el día siguiente, pero no, era viernes, tendría que resistir hasta el lunes, en que si aun estaba con vida, los primeros al llegar y abrir el ascensor, seguramente la encontrarían casi muerta, o muerta.
Se sentó acurrucada en un rincón del pequeño ascensor, tomando de manera muy lenta bocanadas de aire. Nunca antes se había dado cuenta de lo pequeño que era, muy pequeño, lo mas que podrían entrar, serían tres personas, no mas. En esa posición en la que se encontraba, comenzó a orar mucho. Los minutos, los segundos, las milésimas de segundos, al igual que una carrera de automóviles de la fórmula uno, donde su propia velocidad los supera, haciéndose eternos; como si el tiempo se hubiera detenido en aquel silencio abismal que solo ella, solo ella estaba viviendo.
Miles de imágenes venían a su mente, tantos recuerdos, la familia, sus hijos, los amigos. Pensaba que si moría, quería le colocaran medias en los pies, que fueran blancas, de algodón, con algún detalle color rosa para que no le diera frío una vez enterrada tres metros bajo la tierra.
Tenía la certeza que al no llegar a casa a la hora acostumbrada comenzarían a preocuparse, a buscarla, a hacer llamadas, sin éxito ¡Oh, Dios! ¡Cuanta angustia! ¡Cuánto horror! Encerrada en el ascensor.
Miraba hacia todos los lados, había aun un poco de claridad lo suficiente para poder observar buscando una posible solución que le hiciera salir de la inverosímil situación en la que se encontraba, en la que el destino, la había colocado. Vio las puertas de metal color gris frente a ella y en un impulso desesperado, con una gran fuerza descomunal desconocida que se apoderó de su delgado y frágil cuerpo, comenzó a empujar, tratando de abrirlas, con la esperanza de que al hacerlo podría salir de allí. ¡Lo logró! Pudo abrirlas, quedando ante sus ojos más abiertos que nunca antes – aterrados - ¿Imaginen qué? Un muro de ladrillos rojos sin frisar era lo que se veía – se dijo a si misma: – Estoy enterrada viva.
Comenzó a gritar nuevamente pidiendo ayuda, diciendo: “Estoy aquí, encerrada en el ascensor, por favor sáquenme de aquí”. Silencio espectral. Tenía que tranquilizarse, seguir orando, conservando el oxígeno que la mantendría con vida hasta la semana siguiente. Así estuvo por largo tiempo, un tiempo eterno; del cual sabia, jugaba en su contra. Estaba anocheciendo, quedando totalmente a oscuras.
Cuando de pronto, escuchó a lo lejos un leve sonido, como el de unos pasos firmes que estaban encima, sobre su cabeza. Se levanto inmediatamente del piso gritando y golpeando más fuerte que antes, hasta agotar todas las fuerzas. Logrando escuchar una tenue voz de hombre que preguntaba: - ¿Hay alguien allí? ¿Hay alguien en el ascensor? – Si, si, si, gritaba - ¡Estoy aquí! ¡ Sáquenme por favor! Sintió como los pasos se alejaban sin decir nada, dejándola sumergida en el mas cruento silencio; para luego regresar con muchos más pasos.
Otra voz de hombre dijo: - Subiremos al techo del Edificio para tratar de subirla un poco a través de la Guayas, quédese tranquila, la sacaremos. De sus ojos comenzaron a brotar espontáneamente lágrimas, miles, millones de lágrimas, elevando su gratitud al Dios de los cielos, a la Virgen Santísima, porque habían escuchado todas las suplicas.
Muy lentamente, lentamente fueron subiendo el ascensor hasta llegar a un punto que dejaba entrever una abertura lo suficiente para salir, una tenue luz ilumino lo que antes era completa oscuridad; no sin antes observar los zapatos de los rescatistas. La sujetaron por ambos brazos mientras se impulsaba con ambas piernas hacia arriba en un desespero por salir lo más pronto de ese lugar. Al subir, abrazos con llanto hubieron, pero contentos por la obra realizada. Les dio las gracias infinitas desde lo más hondo de su corazón.
Al poco rato, uno de ellos comentó lo siguiente: - Que todos se habían ido, menos él, porque era el vigilante, dijo: - Cerré todas las puertas como es la costumbre, hice mi recorrido por todas partes para constatar que no hubiera nadie; pero algo muy extraño sucedió, un teléfono en las oficinas superiores no dejaba de sonar, repicaba incesantemente, como si quisiera que alguien atendiera la llamada, era tanto así, que decidió subir las escaleras para averiguar que sucedía (el ascensor se había dañado al irse la luz). Apenas subió, dejo de sonar el teléfono, pero una sombra cerca del ascensor le hizo ir a indagar quien estaba allí escondido detrás de una pared, no había nadie, tan solo escuché, a lo lejos, muy a lo lejos, una voz pidiendo ayuda, saliendo inmediatamente a la calle a buscar mas personas. El resto ya ustedes lo saben.
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