¿Qué extraño? Se preguntó, al mirar hacia el suelo en dónde brillaba, aparentemente, lo que parecía un anillo humedecido por las aguas de un río que a él en lo particular, le gustaba llamarlo “Deslizante mujer de las aguas”.
Se agachó, lo agarró con su mano derecha con la cual al mismo tiempo le quitaba algo de tierra endurecida que tenía adherida, para luego limpiarlo frotándolo con la parte inferior de su camisa blanca; no le importaba, ensuciarla valdría la pena, ya qué al observarlo de cerca, constató que era de oro macizo con bellas piedras incrustadas, supuso que costaba mucho dinero.
Siguió su trayecto por la arboleda hasta su cabaña. Al llegar, escuchó tenues voces qué le produjeron un frio que lo hizo estremecer. Enseguida fue a su armario para sacar su chaqueta de cuero color marrón, colocándosela. Se sentía mucho mejor, más tranquilo, mientras pensaba: ¿Serán voces pertenecientes a lo qué acababa de hallar? Descartó esas ideas de su mente. Era suyo. Nadie podía quitárselo. Lo vendería al mejor postor.
Apagó todas las luces antes de irse a dormir, los servicios cada día estaban más costosos y sus ingresos precarios. Un desempleado sin ganas de trabajar. Pero en la oscuridad, en pleno silencio, la lluvia comenzó a caer torrencialmente, trayendo consigo algunos susurros acompañados de sombras, qué le hicieron sentir un gran temor ¿Ya no eran ideas suyas? Alguien estaba hablándole y visualizándose ante él, manifestándole: -Es mío ¡Devuélvemelo! -Acude hasta el final del riachuelo y encontrarás mi cuerpo, colócalo en mi dedo para poder estar en paz.
¿Sería cierto? ¿O estaba soñando? Lo mejor sería hacer lo que se le pedía. Tomó una linterna, salió, hasta encontrarla, completamente desnuda, sin vida, era muy bella ¿Quién pudo haberla asesinado? -se preguntaba- colocándole la sortija. Al instante el cuerpo de la hermosa mujer, qué estaba cubierta de lodo, se levantó ante él abrazándolo muy fuerte, arrastrándolo hasta las profundidades del río. Presentía lo peor, sabía qué tenía que luchar con todas sus fuerzas hasta lograr arrancarle nuevamente la hermosa joya de su mano, ya qué entendió era la qué la había revivido nuevamente. Se acordó que siempre llevaba consigo una afilada navaja y le quitó el dedo de un solo trazo, lo más rápido que pudo y así poder escapar de aquella tenebrosa noche, qué nunca olvidaría.
¿Qué qué pasó con el anillo? Lo vendió, valía mucho dinero. Pagó todas sus deudas y pudo costear sus gastos hasta qué encontró un buen trabajo. ¿Adivinen de qué? De joyero.
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